Cineclubes en la Universidad de Cartagena: una relación
histórica y sociocultural
Ricardo
Chica Geliz *
* Docente asociado
del Programa de Comunicación Social de la Universidad de Cartagena (Colombia).
Correo electrónico: Ricardo_chica@hotmail.com.
El autor es Doctor en Ciencias de la Educación de la Universidad de Cartagena
(Colombia). Magíster en Proyectos de Desarrollo Social de la Universidad del
Norte (Colombia) y comunicador social y periodista de la Universidad Jorge
Tadeo Lozano (Colombia). Entre sus líneas de investigación tenemos mediaciones
formaciones y los temas de cine, historia y cultura.
Recibido: 25 de agosto de 2013
Aprobado: 07 de noviembre de 2013
Modificado: 20 de diciembre de 2013
Artículo de investigación e innovación
Resumen
Este
artículo analiza el uso del cine y sus prácticas respecto a lo institucional y
lo cultural, en la Universidad de Cartagena, donde el cineclub es central,
según la experiencia que la comunidad académica tuvo con el proceso de
apropiación social de la modernidad cultural. A través de entrevistas, archivo
de prensa e institucional y análisis documental se rastrean los usos del cine
en el ámbito universitario. Al final se sugiere que la relación entre
cineclubes y Universidad de Cartagena es significativa en el plano de la
formación cultural, mas no necesariamente, en el plano
de las prácticas pedagógicas.
Palabras clave: Cine Club, apropiación, modernidad
cultural.
Film Clubs in the University of Cartagena: A historical
and sociocultural relationship
Abstract
This article discusses the use of films and practices concerning the institutional and cultural field
at the University of
Cartagena, where the film society is central, according to the
experience the academic community had with the
process of social appropriation
of cultural modernity. Through
interviews, press and institutional
archives and documentary analysis,
the uses of film are traced
at university level. In the end, it
is suggested that the relationship
between film societies and the University of Cartagena is significant in terms of cultural background, but not necessarily
in terms of teaching practices.
Key words: film society
(club), appropriation, cultural modernity.
Clubes de cinema na Universidade de Cartagena: uma relação histórica e sociocultural
Resumo
Este artigo analisa o uso do cinema e suas práticas em
relação ao institucional e
cultural, na Universidade
de Cartagena, onde o clube
de cinema é central, conforme a experiência
que a comunidade acadêmica teve com o processo
de apropriação social da modernidade
cultural. Por meio de entrevistas, arquivo de prensa e análise
documental são rasteados os
usos institucionais do cinema
a nível universitário. No
final, sugere-se que a relação
entre os clubes de cinema e a Universidade
de Cartagena é significativa em termos de formação cultural, mas não necessariamente em termos de práticas pedagógicas.
Palavras-chave: Clube de cinema, apropriação, a modernidade
cultural.
Les Ciné-clubs à l’Universidad de Cartagena: une relation
historique et socioculturelle
Résumé
Cet article analyse l’usage du cinéma par rapport au sens
institutionnel et culturel,
à l’Universidad de Cartagena, ou
le ciné-club est central, selon l’expérience a eu avec le processus
d’appropriation social de la modernité
culturelle. On suive l’usage du cinéma à l’université, à travers d’interview, d’archives de la presse, et
archives institutionnelles. A la fin, on suggère que la relation entre les ciné-clubs et l’Universidad de Cartagena est
importante pour la formation
culturelle, mais pas nécessairement pour les pratiques pédagogiques.
Mots-clés: ciné-club, appropriation,
modernité culturelle.
1. Consideraciones generales
El propósito
de este artículo es analizar el uso del cine y sus prácticas respecto a lo
institucional y lo cultural, en la Universidad de Cartagena. Lo anterior, a la
luz de la experiencia de los cineclubes y su relación con el proceso de
apropiación social de la modernidad cultural, por parte de la comunidad
académica, estudiantes y profesores. Algunas consideraciones previas al
respecto, son las siguientes: En primera instancia, vale la pena distinguir la
diferencia entre ver la educación desde un enfoque institucional y ver la
educación desde un enfoque cultural.1 El primer enfoque se refiere al aspecto
organizacional de la educación y sus referentes como son el modelo pedagógico,
la administración educativa, los referentes legales, las tensiones y conflictos
respecto a las políticas educativas y su aplicación, la práctica pedagógica,
entre otros. El segundo enfoque supone que los sujetos aprenden y se aproximan
a diversos asuntos cruciales para vivir en la sociedad, no solo en el ámbito
educativo, sino a través de ciertas prácticas que tienen que ver con los usos
sociales de los contenidos y mensajes que circulan en las comunidades, los
lugares de trabajo, las familias, los ritos religiosos, los medios de
comunicación. Para el caso que aquí nos interesa, la relación entre cine y
universidad, tenemos que los cineclubes en la Universidad de Cartagena
constituyen un punto de convergencia de ambos enfoques. Por una parte, los
cineclubes, desde el punto de vista institucional, dependen de una relación con
la organización educativa, ya sea, una facultad o una dependencia u oficina. Y,
de otra parte, la práctica del cineclub no está –necesariamente– sujeta a los
lineamientos o directrices curriculares o modelos pedagógicos, sino que, su
dinámica depende de los intereses temáticos de sus miembros o participantes.
En segunda
instancia, tenemos que la apropiación social de la modernidad cultural es un
proceso que depende de la experiencia que los individuos tengan con la cultura
y sus prácticas en el marco de la vida cotidiana y sus diversos ámbitos. John
B. Thompson considera que el término apropiación supone la interpretación de
formas simbólicas, que los individuos incorporan dentro de la comprensión de sí
mismos y de los otros. De hecho el autor utiliza el término para referirse a
este proceso como de comprensión y auto-comprensión:
“Apropiarse
de un mensaje consiste en tomar su contenido significativo y hacerlo propio.
Consiste en asimilar el mensaje e incorporarlo a la propia vida, un proceso que
algunas veces tiene lugar sin esfuerzo, y otras supone un esfuerzo consciente.
Cuando nos apropiamos de un mensaje lo adaptamos a nuestras vidas y a los
contextos en los que vivimos. Nos referimos a un conjunto de circunstancias
que, en el caso de los productos mediáticos, difieren de las circunstancias en
las que se produjo el mensaje (…) Al arraigar un mensaje e incorporarlo
rutinariamente a nuestras vidas, nos implicamos en la construcción del sentido
del yo, de quiénes somos y dónde estamos en el tiempo y en el espacio (…) Este
proceso de auto actualización no es súbito (…) Tiene lugar de una manera lenta,
imperceptible, de día en día y de año en año. Es un proceso en el cual algunos
mensajes se retienen mientras que otros se olvidan, en el cual algunos se
convierten en puntos de apoyo para la acción y la reflexión, o en un tema de
conversación (…)”.2
Aquí vale la
pena interrogar a qué iban los estudiantes y la comunidad universitaria cuando
asistían a los cineclubes. La apuesta es que iban a aprender en qué consistía
el mundo y cómo se estaba transformando, en especial, después de la década
convulsionada de los 60. La apuesta es por una experiencia de recepción fílmica
que permitió a los cineclubistas ver y conocer el
mundo a través de las narrativas, géneros y grandes temas del cine. En una
palabra, ser cineclubista es una sensibilidad que
tiene que ver con la forma de ser joven, sin importar la edad, en el marco
institucional. Al respecto tomamos de Jesús Martín Barbero el siguiente
referente:
“(…) asumir
la industria cultural, los medios masivos, como espacios de producción y
circulación de culturas que corresponden no sólo a innovaciones tecnológicas o
a movimientos de capital, sino también a nuevas formas de sensibilidad, a
nuevos modos de percepción, de apropiación y disfrute. Esta nueva sensibilidad
tiene su correlato más decisivo en las nuevas formas de sociabilidad con que la
gente enfrenta (…) la heterogeneidad simbólica y la inabarcabilidad
de la ciudad”.3
Dicho lo
anterior, otra consideración es la que tiene que ver con el referente Espacio
Urbano del Cine, el cual, aparece en 2003, según los mexicanos Juan Felipe
Leal, Carlos Flórez y Eduardo Barraza en la revista
Anales del Cine en México, 1895-1911. 1903: El espacio urbano del cine. Se
trata de establecer las pistas que dan cuenta de la dinámica urbana de la
cultura a través de la recepción del cine y sus prácticas y usos sociales de
consumo. Este referente resulta importante para nuestro tema, toda vez que los cineclubistas desbordaron el espacio institucional
universitario para disfrutar el cine en las salas de cine de la ciudad. Lo
anterior ocurrió de dos formas, por una parte, mediante la fundación de
cineclubes fuera de la universidad, y, por otro lado, con la asistencia al cine
que se programaba en la ciudad, pero, con un criterio de recepción formado en
el cineclub. Otra oportunidad de ejercer dicho criterio, se dio en el marco del
Festival Internacional de Cine de Cartagena desde su aparición en 1960, en cuyo
seno se desarrollan actividades de intercambio con cineclubes del país y del
extranjero, así como cursos y seminarios, entre otras iniciativas.
Abordar el
tema de los cineclubes en la Universidad de Cartagena pasa por tener en cuenta
la relación institucional que, en este caso, se trata de Bienestar
Universitario. Al respecto se hace referencia a la formación del criterio
fílmico en el marco de la cultura cinematográfica y la recepción de películas
en los cineclubes. Y, por otra parte, se tocan aspectos concernientes a la
apropiación social de la modernidad cultural, en las dinámicas de una comunidad
universitaria. Una instancia importante para desarrollar, tiene que ver con la
periodización del uso educativo y cultural del cine en la Universidad de
Cartagena y para ello, se tiene en cuenta la periodización que hace la
historiadora Luisa Fernanda Acosta. Las etapas son la de inserción que va de 1900
a 1930; la etapa de consolidación que va de 1930 a 1960; la etapa de
desarrollo, que va de 1960 a 1980; y, la etapa de reconfiguración que va de los
años 80 a la actualidad.4 Consideramos que esta propuesta de
periodización es útil a nuestro propósito, toda vez que el devenir del cine en
relación con la Universidad de Cartagena sugiere un paralelo al proceso de los
medios de comunicación en Colombia y su relación con la modernidad. Una posible
periodización de las etapas del cine en la Universidad de Cartagena, se muestra
en la siguiente tabla:
Etapas del cine en la Universidad de Cartagena
|
Etapa |
Definición |
Cine en la Universidad de Cartagena |
|
Inserción |
Se caracteriza por la movilización de la población rural a las ciudades, la conformación de una imagen urbana con paisajes muy distintos a los provincianos, a pesar de que la población aún tiene características campesinas. Las prácticas culturales populares todavía están marcadas por las tradiciones rurales. Por entonces circulan en grupos restringidos algunos periódicos y también comienzan las proyecciones y la producción material cinematográfica. |
Se hacen las primeras proyecciones de cine en Cartagena en el Teatro Coliseo y en el Teatro Variedades. La población se cautiva con el invento y con sus proyecciones. Asistir al cine se convierte en un hábito generalizado y entre los espectadores se encuentran los estudiantes y profesores de toda la comunidad académica de Cartagena. El cine está en su etapa silente y se asume que la población universitaria de la época, asiste a las proyecciones que se dan en la ciudad. El cine contribuye a establecer una nueva sensibilidad colectiva, respecto a los tiempos que corren y cuyos síntomas se evidencian con la llegada del ferrocarril, el telégrafo, la luz eléctrica, los vapores, la fotografía, la prensa, la moda, los productos de origen industrial como la “Kola Román”, la perfumería y ciertos alimentos enlatados. |
|
Consolidación |
Se caracteriza por el desarrollo y consolidación tanto a nivel oficial como privado, de nuevas tecnologías que comienzan a introducirse con mucho ímpetu en la sociedad colombiana. La radio es el medio dominante con el periodismo deportivo, las noticias y las radionovelas. El cine nacional se concentra en la producción de noticieros. Se difunden los cines barriales por todo el país. Llega la televisión en 1954. |
Llega el cine sonoro en blanco y negro. En los años 30 aparece Extensión Cultural, anexa al Ministerio de Educación Nacional. Jorge Eliécer Gaitán, como ministro, crea el Departamento de Cinematografía Nacional y se filman películas educativas que son vistas en Cartagena, a través de la Secretaría de Educación del departamento de Bolívar. Se trata de una programación muy irregular. El público local se aficiona al cine comercial de manera cotidiana. Algunos docentes de la Universidad de Cartagena, como Juan Zapata Olivella y Roberto Burgos Ojeda se refieren en ciertas ocasiones al cine analizando el fenómeno social y sus repercusiones en la cultura; lo mismo que el estudiante de segundo año de Derecho Gabriel García Márquez. Se crea el Paraninfo en el tercer piso de la Universidad y se acondiciona para proyectar películas. La Facultad de Medicina, en el Claustro de Santa Clara, usa el cine como recurso didáctico. Se filma documental científico, con el patrocinio de una farmacéutica. En 1950 Víctor Nieto Núñez funda el primer cine club, llamado “Cine Club Cartagena” inaugurado con la película Manon (1949) prohibida por la censura local. |
|
Desarrollo |
La población se ve expuesta a la predominancia de la
televisión y sus distintos géneros y formatos; además del desarrollo de la
informática. El cine como espec- |
Predomina el cine a color. Los formatos de 16 milímetros hacen que proyectar cine sea fácil, en especial, en colegios y universidades. Aparece el primer cineclub en la Universidad de Cartagena, de la mano de Roberto Burgos Ojeda. Con la creación de Bienestar Universitario se facilitan las condiciones para que aparezcan cineclubes en casi todas las facultades; se destaca en los setenta y ochenta, el “Comité de Cine”. |
|
Reconfiguración |
En un país muy urbano las audiencias se fragmentan y los escenarios comunicativos que producen y comercian con bienes simbólicos reconfiguran permanentemente las formas y expresiones culturales de nuestra población. |
Aparecen el video y la televisión en la Universidad de Cartagena, que es socia fundadora del canal de televisión regional Telecaribe. Se crea el canal 29 y se realizan los primeros documentales. Las prácticas docentes integran el cine como recurso didáctico de manera usual. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación propician la producción y el consumo constante de material audiovisual, donde el cine tiene lugar preponderante. Hay cerca de 22 cineclubes hacia el 2012. |
Lo anterior
sirve para sugerir que el cine se fue integrando a la vida institucional de la
Universidad de Cartagena, a partir del uso dado en la vida cotidiana de su
comunidad académica. Un proceso que no estuvo exento de tensiones, pues, en lo
que tiene que ver con el cine mexicano, por ejemplo, este se consideraba por
algunos miembros de la intelectualidad local, como un factor de atraso respecto
al proyecto de culturización del pueblo, con miras a insertar la sociedad
colombiana a la modernidad.5 Así mismo, al interior de la institución
universitaria, aparecieron ciertos actores que impulsaron el uso del cine como
recurso didáctico, lo que se ve con más propiedad a fines de los años 50.
También, en virtud de la perspectiva crítica que caracterizó la década de los 60,
el cine se constituyó en recurso para ejercer los debates y cuestionamientos
según la ideología de izquierda. Hoy por hoy, un aspecto importante del uso
educativo y cultural del cine en la Universidad de Cartagena, tiene que ver con
la diversidad de matices e intereses de las subjetividades que habitan la
comunidad académica entre los que encontramos miembros de la comunidad LGBT,
étnicos, religiosos, políticos, entre otros.
2. Primeras huellas sobre los usos educativo y cultural del cine en la
Universidad de Cartagena
Las huellas
sobre el uso educativo y cultural en la Universidad de Cartagena, las podemos
encontrar en ciertas actividades que se dieron fuera y dentro de la institución.
Lo que ocurrió fuera consistió en la formación del gusto y la cultura
cinematográfica. El gusto cinematográfico, aquí se entiende en razón de un
hábito, cuya recurrencia se instala en la vida cotidiana y en el tiempo libre:
un tema que abordaremos más adelante. De manera, pues, que convertirse en
espectador de cine fue una invención social que vino con las olas de modernidad
que acaecieron a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX. La cultura
cinematográfica, profundiza el interés sobre el tema y se extiende a
actividades de estudio. Es en esa área en que aparece la teoría, la historia,
el análisis fílmico y la crítica cinematográfica.6
Esta última, consiste en la valoración de una película, en relación con otras
películas, o con los géneros cinematográficos, o con temas similares tratados
en la historia, con miras a manifestar en prensa una opinión especializada. En
ese sentido encontramos tres actores académicos de la Universidad de Cartagena
que manifiestan su opinión sobre las películas: el médico y docente de la
Facultad de Medicina Juan Zapata Olivella, el
estudiante de derecho Gabriel García Márquez y el docente de la Facultad de
Humanidades Roberto Burgos Ojeda. El domingo 25 de junio de 1944 en el Diario
de la Costa, por ejemplo, podemos observar el comentario titulado “Antonia
Santos” donde Juan Zapata Olivella (1922-2008) se
refiere a la película colombiana nominada con el mismo título. Allí, Zapata
señala que vio la película en Bogotá y la recomienda a los espectadores de la
Costa, en virtud de ser una de las producciones locales de la época en el cine
sonoro. Hay que señalar que la producción nacional para la época era exigua, en
razón del interés que los empresarios nacionales dedicaron a la distribución y
a la exhibición de películas, ya que, resultaba mucho más rentable. De manera,
pues, que Zapata deja una impronta llena de patriotismo en su nota. Junto con
Juan Zapata Olivella otras plumas locales dedican
sendos espacios a la valoración de las películas como Donaldo Bossa Herazo, Antonio González de Langlart,
Roberto Burgos Ojeda, Gabriel García Márquez y Héctor Rojas Herazo.
No puede
hablarse de una crítica cinematográfica en términos estrictos, pero, sí de la
manifestación de ciertas consideraciones con miras a recomendar, o no, una
película. En ese sentido, como puede denotarse en la pesquisa en prensa, las
películas venidas de Estados Unidos, Europa y Argentina se creían cultas, de
buena calidad y edificantes respecto a los modelos e historias que enseñaban,
pues, representaban una oportunidad para aproximarse al mundo de la modernidad
occidental y su visualización. Por el contrario, las películas de origen
mexicano y de otros países como Cuba o Venezuela eran rechazadas en virtud de
su conexión con el gusto de las masas populares y su cultura. Se consideraban,
por lo general, contrarias a las buenas costumbres y al deber ser de la
sociedad, cuyas élites, aspiraban a culturizar, es decir, lograr parecerse lo
mejor posible a Europa.
Juan Zapata Olivella, egresado de la Facultad de Medicina de la
Universidad de Cartagena, se especializó en Pediatría en México, lo que
aprovechó para promover la cultura popular colombiana, en especial, lo que
tenía que ver con música y danza del Caribe colombiano. En dichas actividades
trabó amistad con miembros de la cultura del país azteca y, también, con
artistas de la cinematografía mexicana; de hecho, Juan Zapata Olivella es una de las personas que recibe a María Félix en
el Hotel Caribe, a su llegada a Cartagena en 1955 (El Universal, 25 de agosto
de 1955). Algunos elementos que sirven para contextualizar la aparición de
estas huellas de la relación entre uso del cine y la Universidad de Cartagena,
se presentan a continuación:7
• Llegada del cine sonoro en 1930, su
distribución y su circulación a través de circuitos como Cine Colombia y VELDA,
esto da como resultado la expansión de salas de cine hacia cada barrio nuevo
que aparecía en la ciudad.
• Fundación de la primera emisora radial,
Laboratorios Fuentes en 1934. Esta misma empresa comienza la prensa de acetatos
de música.
• Aparición del noticiero radial “Síntesis”
(1934) de Víctor Nieto Núñez, quien posteriormente, fundaría el Festival
Internacional de Cine de Cartagena en 1960.
• A mediados de los años 50 “Discos Curro”
es un sello discográfico que se dedica a prensar música popular de la región,
en especial, la llamada música de acordeón, que es la que antecede al género
musical de vallenato. Su catálogo musical era para un público distinto al del
catálogo de “Discos Fuentes”, hay que señalar que ambas empresas pertenecían a
la misma familia.
• Desaparecen periódicos como El Porvenir y
El Fígaro y aparece El Universal en 1948, el cual, junto con el Diario de la
Costa, se constituyen en los más importantes e influyentes de la ciudad a
partir de los años 60. Las prácticas del periodismo se hacen más modernas con
la inserción de géneros como la crónica, el perfil y el reportaje. Así mismo,
los periódicos especializan la información en secciones y surge el enfoque
social para tratar ciertos acontecimientos y cambios urbanos.
• Algunos miembros de la élite local y la de
Bogotá pretenden vender la imagen turística de la ciudad a través del cine y la
televisión. La aparición del Reinado Nacional de Belleza busca cumplir tal
propósito y sus eventos son proyectados en las pantallas de cine de todo el
país. Se filman documentales sobre el patrimonio arquitectónico de la ciudad y,
de esta forma, se propicia una imagen social como lugar exótico y paradisíaco
de la nación colombiana. Algunas producciones extranjeras, de México y Estados
Unidos, se filman en la ciudad.
• Comenzando los años 50 aparece en la
oferta mediática de la ciudad, la radionovela cubana “El derecho de nacer”, la
que se constituye, al igual que en todo el continente, en un éxito de la
comunicación masiva e incide en las rutinas de consumo de la radio y establece
otra forma de presentación del código popular del melodrama –distinto al cine–
como un vínculo principal entre el mundo de los medios y el mundo de los
sectores populares. Las radionovelas se ofrecerán en Cartagena hasta bien
entrados los años 70.
• Durante la misma época los locutores
deportivos de Cartagena se convierten en importantes líderes de opinión frente
a su audiencia, en temas concernientes al béisbol y el boxeo. Para entonces, el
crecimiento empresarial de la radio, expande el medio por todo el país, lo que
posibilita la oferta de contenidos deportivos, como la Vuelta a Colombia,
capaces de congregar a las distintas regiones de la Nación.
Tal era la
atmósfera social respecto a los medios de comunicación en que escribía el
doctor Juan Zapata Olivella, cuya valoración de las
películas dependía de su perspectiva emocional y el modo en que él mismo se
involucraba con sus historias; buen ejemplo de ello es cuando hizo referencia a
la película “Adiós a la vida” (No sad songs for me, 1950) en el
periódico El Universal el 27 de junio de 1952, en su columna denominada
“Minutos”:
“La película
que se estrena hoy en el teatro Claver la vi
proyectada en la pantalla del Teatro Iris de Buenos Aires. Se intitula “Adiós a
la vida” y es una de las pocas realizaciones que dejan el espíritu saturado de
sensaciones infinitas. Su trama destila el jugo de las más puras esencias del
diario vivir y es un retazo de la propia existencia. La actuación de Margaret
Sullivan es de una delicadeza inenarrable. Para los jóvenes en el hervor de los
años mozos; para los matrimonios que no han perdido la fe en los atributos del
alma y para los ancianos que con la devanadora del pensamiento transitan por
sus propios recuerdos, la película “Adiós de la vida” será un filón de
apasionantes emociones. Es un hermoso film lleno de humanidad y la humanidad,
como dijera Fray Luis De León, es la expresión de los sentimientos”.8
Como podemos
ver, Zapata desarrolla su texto privilegiando un aspecto importante del
melodrama, como lo son las emociones. De otra parte, sus lectores se sabían
interpelados por un médico, es decir, un actor social revestido de prestigio, y
por tanto, gozaba de gran credibilidad. Buen síntoma de ello es cuando, en sus
comentarios, hace referencia donde ha estado: Bogotá, Buenos Aires o Ciudad de
México; en una época, en que viajar no era común para la gran mayoría de las
gentes en Cartagena y constituía gran reconocimiento en razón de ser visto como
un hombre de mucha cultura. Tal aspecto de su enfoque periodístico sobre el
cine, lo podemos ver en otra de sus columnas aparecida el 12 de marzo de 1955
en el periódico El Universal. Allí, por ejemplo, da cuenta de sus relaciones
con el círculo social de artistas y cultores que frecuentaba en Ciudad de
México, según la mencionada perspectiva sentimental. En esta ocasión se refería
a la actriz Miroslava Stern:
“En una
fiesta de cumpleaños en su casa de Coyoacán conocí a Miroslava
Stern. La actriz checoeslovaca que pareciera víctima
de los barbitúricos era singularmente hermosa. Sus cabellos dorados como las
espigas del maíz y sus ojos de un verde-jade movíanse
con inquietud marina. Al ágape asistieron Alicia Caro y Alicia Neira, las dos
inteligentes compatriotas que siguen su carrera triunfal en México, Roberto
Cañedo, Julio Villarreal, Silverio Pérez Junior, Eduardo Mendoza Varela y
algunos otros artistas de cine y teatro que hicieron inolvidable las horas…”.9
Vale la pena
destacar que el cambio de décadas del 40 al 50 se constituyó en una coyuntura
de reacomodos a nivel planetario y que eran registrados profusamente por todos
los periódicos de Cartagena en primera plana casi todos los días, un indicio
que supuso la importancia que sus directores daban a los acontecimientos
mundiales en el marco de la agenda noticiosa, por encima de los hechos
nacionales y muy por encima de los hechos locales. Era raro en ambas décadas,
en especial durante la Segunda Guerra Mundial, ver una noticia local en la
primera plana. Una política editorial que pretendía participar de los grandes
acontecimientos de Occidente e integrarse a los rumbos históricos considerados
de gran trascendencia y que, más bien, se distanciaban de la realidad y de la
dinámica nacional; de manera, pues, que el lugar del pueblo en la mencionada
agenda noticiosa era muy escaso o se asociaba a episodios de la incipiente
crónica roja o, en todo caso, a todo lo negativo e inaceptable socialmente
hablando. Lo anterior se manifestó así, casi siempre, desde las tribunas
editoriales tanto de periódicos conservadores como El Fígaro o liberales como
el Diario de la Costa o El Universal, donde abundó el regaño social hacia las
expresiones de la cultura popular cartagenera. En la coyuntura de ambas décadas
se da El Bogotazo con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, mientras ese mismo
día, 9 de abril de 1948, se sentaban en Bogotá las bases de un nuevo sistema
interamericano; también se creó el Estado de Israel con el apoyo de las
naciones occidentales y, se crea también, una organización militar como la OTAN
(Organización del Tratado del Atlántico Norte); la Unión Soviética había puesto
a prueba su propia bomba atómica e impuso un bloqueo sobre Berlín, mientras
Estados Unidos había respondido con la implementación de un puente aéreo. El
primero de octubre de 1949 se fundó la República Popular China, la lucha
anticomunista se esparció por todo el continente americano, lo que coincidió
con la creación de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) en 1947; Europa se
reconstruía con la ayuda del Plan Marshall y Japón se recuperaba de las bombas
atómicas y recomponía su plataforma industrial; todo ello ocurría, mientras
Gabriel García Márquez llegaba a la ciudad de Cartagena expulsado de la capital
del país, en virtud de los acontecimientos que allí acaecieron. Gracias a las
relaciones con el intelectual negro Manuel Zapata Olivella
(hermano de Juan y Delia), y al reconocimiento que el Nobel consiguió según los
cuentos publicados en El Espectador, logró emplearse en El Universal y
converger en sus tareas periodísticas con Manuel Clemente Zabala, quien para
entonces, era jefe de redacción. Una convergencia que generó las condiciones
para que García Márquez ejerciera la reportería, la
edición de noticias internacionales, la columna de opinión y los comentarios de
cine, entre otras piezas periodísticas, bajo un régimen de censura estatal que
siempre evadió con tratamientos textuales de segunda intención y de segundas
lecturas. No obstante, la de Cartagena fue una estancia tortuosa y llena de
precariedades, casi hasta llegar a la indigencia, para el escritor; a finales
de 1949 decidió radicarse en Barranquilla donde ya había sido acogido por la
cofradía de escritores y artistas agrupados en “La Cueva”.10
Por otra
parte, para la misma década, el ensanchamiento de las empresas radiales en
Cartagena ocurrió principalmente en las emisoras: Radio Miramar, Radio Colonial
y Emisoras Fuentes. Radio Colonial, por ejemplo, amplió su horario de emisión a
16 horas diarias, hasta la medianoche. Para el caso de Emisoras Fuentes se
tiene la aparición de noticias con fotografías que muestran la adquisición de
nuevos equipos de transmisión importados de Estados Unidos, donde, además, se
destaca el protagonismo de Antonio Fuentes, ingeniero cartagenero, graduado en
aquel país. En cuanto a la Emisora Miramar, su fundador Víctor Nieto Núñez,
emprendió la oferta desde 1951 de un centro cultural alrededor del medio, donde
se ofrecía cine y radioteatro, además de un lugar de esparcimiento como una
cafetería o fuente de soda. Por dicho centro radial y de espectáculos se
presentaron artistas de talla internacional como Pedro Vargas, Libertad
Lamarque, el trío Los Panchos, Los Diamantes, La Sonora Matancera, Bobby Capó, Benny Moré, Nelson Pinedo, Celia Cruz, Celio
González, Alberto Beltrán, Tin-Tan y su carnal
Marcelo, Daniel Santos, Antonio Aguilar, Olga Guillot,
Eva Garza, María Victoria, Pedro Infante, María Félix, Chela Campos, Elsa
Miranda, Andrés Falgás, Fernando Fernández “y otros
tantos que recorrían nuestros países cantando personalmente en nuestros
radioteatros de las emisoras y acaparando la sintonía de las que tenían el
privilegio de contratarlos. Una de esas emisoras fue la vieja y antigua Radio
Miramar, primero en sus estudios de la calle del Arzobispado y luego en su
edificio propio en el Pie de la Popa”.11
Gabriel
García Márquez llega a Cartagena a mediados de 1948 con 21 años recién
cumplidos. Según su biógrafo Gerald Martin, firmó 45 artículos en el periódico
El Universal que versaban sobre todo tipo de temas relacionados con el
acontecer de la vida cotidiana de la ciudad, donde el hilo conductor era el
toque de queda, del cual, los periodistas estaban exentos de cumplir; era en
ese espacio, donde aparecían sus esporádicos comentarios de cine. Sus jornadas
de trabajo terminaban a las seis de la mañana y las clases en el Claustro de
San Agustín de la Universidad de Cartagena, comenzaban a la siete. De manera
que, no obstante estar matriculado en segundo año de Derecho, iba poco a clases
aunque tuvo un desempeño académico bueno. Era reconocido por estudiantes y
profesores en virtud de su profesión y, lo que hace suponer, que conseguía
cómplices que le facilitaban sortear las situaciones en la universidad. García
Márquez abandonó sus estudios luego de un par de semestres, para instalarse en
1950 en Barranquilla, con sus amigos y colegas de “La Cueva”. La columna que
escribía García Márquez en El Universal estaba nominada como “Punto y Aparte”,
la cual, aparecía en las páginas editoriales. En cierta ocasión, el estudiante
de Derecho, desarrolló una perspectiva cognitiva respecto al acto de ver cine,
es decir, que el foco de la columna, la centró en la actividad de recepción del
cine y su experiencia sentimental, de acuerdo con el decurso de la película. Se
trata de un enfoque de avanzada para la época y que, constituye, uno de los
elementos más importantes en el análisis fílmico constructivista de los años
90, cuyo exponente más destacable es el especialista norteamericano David Bordwell. En esta ocasión García Márquez tomó el caso de
Bonifacio Nieves, un espectador de cine en Uruguay que quedó tan involucrado
con la película que estaba viendo, que en un acto de inconformidad con uno de
los personajes, descargó su pistola automática sobre la pantalla.
“Usted como
cualquier hombre normal, ha tenido que sentir desde una anónima butaca de
teatro la sensación de que entre las sombras de un cortinaje, lo vigila la
helada embocadura de un revólver. Es el momento en que la sala deja de ser un
núcleo de simples espectadores y se convierte en un universo de encontrados
sentimientos. Cada individuo reaccionará a su manera, de acuerdo con su
estructura temperamental. Alguien –un exagerado, sin duda- cometerá la
vulgaridad de desmayarse. Otros seguirán, suspensos, el hilo tirante de la
trama. Pero, usted cineasta de buena ley, hombre de buena fe, no puede permitir
que el director de la cinta se tome esas libertades con sus sentimientos; y
como todo un hombre rebelde, con indiscutibles ribetes de anarquista, edificará
dentro de su conciencia un teatro privado, para su uso particular y arbitrario,
donde pueda proyectarse una película de conjuros y maldiciones. Y yo, en nombre
de estas columnas, lo felicito por su gallarda actitud”.12
Por su
parte, el profesor Roberto Burgos Ojeda, escribía de manera regular para los
periódicos El Universal y el Diario de la Costa. Sus temas eran sobre las
dinámicas sociales de la ciudad, de manera que son raras las referencias que
hace al cine, son más frecuentes los temas sobre educación y aspectos de la
cultura. Sin embargo, en su condición de jefe de Extensión Cultural en la
Universidad de Cartagena, promovió la recepción de cine al interior de la institución.
Así, por ejemplo, el 19 de julio de 1953 apareció en El Universal una
invitación al público en general para ver un documental sobre béisbol en el
Paraninfo del tercer piso del Claustro de San Agustín. De otra parte, se puede
asumir, que una sala de proyección de películas fue el Aula Máxima de Derecho
en el segundo piso del mismo claustro, en virtud de lo señalado en la
Resolución nº 76 del 25 de febrero de 1943, donde se establecen los usos de la
mencionada aula, de esta forma: exámenes de grado, conferencias de profesores
nacionales y extranjeros, e interés social y cultural. Años después, mediante
la Resolución nº 64 de 1946 se aprobó la creación del Departamento de Extensión
Universitaria; entre sus funciones estaban la relación con la vida social de la
Universidad; con los actos culturales; con los deportes; con los cursos
vacacionales; y, contaba con dos secciones, la de lenguas y comercio y la de
relaciones culturales.
Extensión
Cultural trabajaba en asocio con la Secretaría de Educación del departamento de
Bolívar, que era la instancia que suministraba las películas de tipo educativo
y cultural que eran programadas en la agenda de actividades de la Universidad.
Hacia 1948 Roberto Burgos Ojeda es nombrado redactor de la Revista Universitaria
(Resolución nº 322/1948) y ese mismo año se reglamenta la organización de la
Sección de Extensión Cultural. En la revista compartía labores con Eugenio
Baena Falcón, Ignacio Vélez Martínez, Alfonso Ibarra Merlano,
Rafael Muñoz Sánchez y Braulio Henao Blanco. Más adelante, en 1955, como
director de Extensión Cultural, Burgos Ojeda adelanta la adquisición de equipos
como tocadiscos y, se puede asumir, la compra de proyectores de cine; aunque,
se tiene indicio de la existencia del salón de proyecciones de la Facultad de
Medicina en el Claustro de Santa Clara, en razón de las actividades que se
celebraban durante la semana universitaria; la Resolución nº 235 del 30 de
enero de 1952, da cuenta de ello. Por su parte, el Paraninfo contaba con un
proyeccionista, denominado oficial de audiovisuales, que dependía del
Departamento de Extensión Cultural, lo que es evidente en la vigencia fiscal de
1956. Así mismo, se encuentran oficiales de audiovisuales en la Facultad de
Medicina, la Facultad de Odontología y la Facultad de Ingeniería; sus
actividades concurrían en el apoyo didáctico, académico e investigativo en
dichas unidades académicas; se destacan entre estos oficiales a los fotógrafos
y dibujantes.
Entre otras
huellas históricas sobre el uso del cine en la Universidad de Cartagena, es
destacable lo acontecido durante las Terceras Jornadas Pediátricas de la
Facultad de Medicina en agosto de 1955. Según lo publicado en El Universal el 4
de agosto de ese año, se filmó una película capturando algunas operaciones hechas
por cirujanos. La filmación estuvo a cargo del médico Vittorio de Franco,
empleado por Laboratorios Abbot, institución que
financió la filmación. Según la noticia una copia de la película quedó en la
Universidad de Cartagena, donde aparecen también paseos turísticos y lugares
emblemáticos de la ciudad. Otro uso del cine en la universidad, puede verse en
el acuerdo nº 8 del 9 de abril de 1959, donde se autoriza la filmación del III
Congreso Nacional de Universidades y Consejo Nacional de Rectores del 1 al 5 de
abril; en dicho acuerdo se asigna un presupuesto de dos mil pesos para filmar
el evento. Diez años después, en el Acta nº 7 del 17 de junio de 1969 se
autorizan presentaciones de cine científico al doctor Alberto Ramírez,
especialista en conferencias del espacio y quien, auxiliado por películas sobre
las últimas conquistas espaciales dictó conferencias en el Paraninfo. Para
entonces Roberto Burgos Ojeda había creado el primer cineclub universitario
hacia 1961. Las anteriores, más que huellas del uso del cine en la Universidad
de Cartagena, son referentes del proceso de apropiación del conocimiento de una
comunidad que necesitaba aproximársele a través de recursos novedosos que
permitieran el registro sonoro y de imagen.
3. Estudiantes y Bienestar Universitario
Para los
estudiantes de la Universidad de Cartagena, consumir el cine era comprender la
vida a través de la cultura fílmica, por medio de una narratividad
que estallaba sus saberes en el marco de las carreras de Derecho, Medicina,
Ingeniería, Economía en la emergencia de lo joven en los años 60 del siglo XX.
En otras palabras, hay que tener en cuenta la multidimensionalidad
para señalar que los estudiantes eran, al mismo tiempo, espectadores del cine.
Como hemos sugerido arriba, desde que el cine apareció en Cartagena, la
población estudiantil y profesoral, se expuso a una serie de saberes producto
de su asomo por la ventana del mundo, constituida por las pantallas de los
cines barriales. Se habla de un estallido de saberes porque la educación institucional
supone una matriz racional-iluminista, mientras el aprendizaje frente a los
medios de comunicación, supone una matriz simbólico-cultural. Ambos tipos de
saberes convergen en los asuntos prácticos de la vida como lo era conseguir
pareja, estudiar una carrera, dedicarse a un oficio o instalar el gusto
personal en cierto estilo de vida. Ambos tipos de saberes suponen una relación
ambigua donde se complementan y se contradicen, al mismo tiempo. Se
complementan porque el cine y la escuela aparecen en el marco de la modernidad,
pertenecen a un mismo devenir. Se contradicen porque la escuela supone un orden
formal e institucional del conocimiento, mientras el cine navega sobre la
vertiente de la cultura popular.
Desde la
perspectiva institucional, tenemos que desde el siglo XIX el sistema de
enseñanza superior de Francia influyó mucho en los intelectuales
latinoamericanos. “La rigidez de la universidad francesa desde la época
napoleónica, sus métodos de selección, sistemas y currículo estricto fueron el ejemplo
para las universidades de América Latina”.13 El giro dramático lo marca el proceso
conocido como reforma universitaria que tuvo su punto de partida el 15 de junio
de 1918 en la memorable insurgencia de los estudiantes de Córdoba, Argentina.
Antes de la transformación académica de aquella arcaica institución, la
juventud estaba encadenada a los dogmas y prejuicios que los marginaban de los
avances científicos, sociales y políticos de su tiempo. La libertad de
conciencia se constituyó en la bandera con la cual exigieron su derecho a ser
libres. Se trató de una declaración de principios en cuanto a la autonomía
política, ideológica, docente y administrativa, así como su democratización,
poniendo al alcance de todos, la posibilidad de una carrera profesional.
Tales
principios son invocados en el documento “El quehacer de los grupos culturales
de la Universidad de Cartagena: Apuntes para la reconstrucción de un patrimonio
bibliográfico”. Se trata de una investigación llevada a cabo en el año 2000 por
Vicente Vargas Cera, Freddy Badrán Padauí y Elena Lepesqueur Gossaín. La invocación se da en virtud de la inspiración
que tuvieron en los mencionados sucesos, las reformas que la Ley 68 de 1935
introduce a la educación universitaria en Colombia. La ley referida ordena la
construcción de la ciudad universitaria (Universidad Nacional de Colombia) y
con ella una serie de reformas de tipo administrativo, académico y pedagógico;
entre estas se introduce en la vida universitaria colombiana el referente de
extensión, el cual se asumió como una política de bienestar estudiantil
fundamentada en los principios del Estado benefactor. Es así como la
Universidad de Cartagena inicia el proceso de bienestar estudiantil mediante el
Acuerdo nº 26 del 27 de mayo de 1974, a través del cual se crea la oficina de
Bienestar adjunta al programa de Admisiones, con la que funcionó durante cuatro
años.
La política
de extensión cultural fue llevada a cabo por los gobiernos de la República Liberal
(1930-1948), con el propósito de “culturizar el pueblo”. Es así como se puso en
marcha el proyecto de Cultura Aldeana, que se concibió de forma itinerante por
toda la geografía nacional; no obstante, en la práctica, se llevó a cabo en la
región andina con cierto éxito, en especial en los departamentos de Boyacá y
Cundinamarca, mas no todos sus beneficios se evidenciaron en las demás
regiones. En dicho proyecto se surtió de bibliografía las distintas bibliotecas
del país, entre ellas la de la Universidad de Cartagena; y, también, se
promovieron y organizaron jornadas folclóricas y culturales; ferias del libro y
se llevó el cine a pueblos y comarcas donde aún no se conocía, esto se hizo con
la implementación de camiones especialmente adaptados, los cuales iban
equipados con una pequeña biblioteca, una colección discográfica, fonógrafo,
películas didácticas y un proyector cinematográfico. Así mismo, a bordo de los
furgones iba un facilitador o agente cultural que se encargaba de dirigir las
actividades culturales previstas.14 Se puede apostar por una iniciativa de
las élites, a través del Estado, con miras a modernizar culturalmente a la
población.
Si bien, el
cine de perspectiva institucional no llegó a Cartagena, tenemos que aconteció
en la ciudad una “época de oro” en cuanto a consumo de cine sonoro se refiere
y, para ello, destaca una red de teatros o cines que estaban distribuidos por
toda la ciudad. Esta llamada época de oro, puede equipararse a la presencia
dominante del cine mexicano en las carteleras locales durante las décadas de
1940, 1950 y hasta 1960, inclusive. Es importante destacar este período porque
se constituye en una instancia previa de formación del espectador en un ámbito
popular, a donde asistía el estudiante, o el futuro estudiante de la
Universidad de Cartagena. Así tenemos cines como la Plaza de la Serrezuela, la
cual fue inaugurada hacia 1930 por su propietario Fernando Vélez Daníes. Se trata de un lugar de singular belleza arquitectónica,
hecho en madera, y en el que, además de películas, se presentaban espectáculos
de variedades, corridas de toros, peleas de boxeo y peleas de gallo. El
mencionado empresario crea el circuito de cines “VELDA”, el cual instaló dichas
salas en distintos barrios. Por su parte, a un costado del mercado público del
barrio Getsemaní, en el Teatro Cartagena se presentaron artistas de cartel como
Cantinflas, Libertad Lamarque, Sarita Montiel, Celia Cruz, Olga Guillot, María Dolores Pradera, Lola Flórez y Fernando
Valdés. En su libro testimonial, Rafael Ballestas señala:
“Hubo una
época en que la vida nocturna de la ciudad giraba alrededor del Teatro
Cartagena y los teatros de la calle Larga, extendiendo su zona de influencia
hasta el Camellón de los Mártires, donde se armaban diferentes tertulias antes
del cine, en las cuales se hablaba especialmente de béisbol, deporte que estaba
en su apogeo, de política y otras cosas”.15
Otros cines
ubicados en el centro, bajo la influencia popular del mercado público de
Getsemaní fueron el Teatro Colón, el Rialto y el Padilla; también encontramos
el San Roque, junto a la capilla del mismo nombre en el barrio Getsemaní. Otros
cines que se destacan son el Teatro Miramar en el Pie de la Popa; el Granada,
al final del Camino arriba del Pie de la Popa; el Colonial, a la entrada del
barrio La Quinta; el Capitol, en las inmediaciones de
Bazurto; el España que quedaba en el barrio del mismo
nombre; el Teatro Miryam, ubicado en el barrio El
Bosque; el Variedades (igual nombre que su antecesor) y el Caribe en el barrio Torices; el Dorado, en El Toril; el Laurina en el barrio de
Lo Amador; el Manga, en el barrio del mismo nombre; el América, en El Bosque;
el Don Blas, en el Barrio Blas de Lezo; el Atenas, en
el barrio Daniel Lemaitre y el Minerva, en Olaya
Herrera, entre muchos otros. La relación anterior da cuenta de un Espacio
Urbano del Cine en Cartagena, donde podemos encontrar salas que ostentan cierto
prestigio social a diferencia de otras. Eso depende del barrio donde esté
ubicada la sala de cine, de manera, pues, que un cine como el Cartagena suponía más distinción social que uno ubicado en la
periferia urbana, como el Caribe en el barrio Torices.
De otra parte, la cartelera de los cines barriales se caracterizaba por ser de
filmografía mexicana, argentina, española, chilena y, en menor medida, cubana.
Esto era así porque, hacia las décadas de los 40 y 50, la población en más de
un 70 % era analfabeta. Por el contrario, en los barrios distinguidos como
Manga o El Cabrero buena parte de la cartelera era inglesa, francesa o
estadounidense; lo mismo que en el teatro Cartagena, lo que suponía la
condición letrada de su público.
La
característica arquitectónica de los cines arriba señalados es que en su
mayoría no tenían techo o eran parcialmente cubiertos, de ahí, que las
películas eran exhibidas en la noche, lo que propició una incipiente vida
nocturna en los barrios populares de Cartagena. Ir al cine en aquella época
consistía en programarse de acuerdo con los horarios ofrecidos y, así mismo,
consultar la cartelera publicada en los periódicos. O, enterarse de la
programación de películas a través del boca a boca. En general, la gente
asistía en grupos de amigos, en familia o las parejas de novios eran
custodiadas por los adultos mayores de las familias de las novias. Hacer la
fila para comprar la boleta era el inicio de un acontecimiento colectivo que
servía para instalarse en una dinámica de encuentros entre vecinos, amigos y
conocidos. Era mostrarse y ser visto e implicaba vestirse para la ocasión. Lo
que, no todas las veces ocurría, pues, en ciertos barrios la gente iba vestida
solo con una franela, tal y como narra Ballestas en su libro, y se acostaban en
el piso en vez de sentarse frente a la pantalla.
También era
frecuente que el público asistente participara de los momentos intensos de las
películas a través de gritos de condena a los villanos o de ánimo a los héroes,
lo que también desencadenaba un ambiente de algarabía y bulla, risas y
lágrimas. Igualmente, proliferaron los cines de árbol, es decir, había ciertas
personas que alquilaban puestos en las ramas de los árboles vecinos a las salas
de cine; de manera que los patios cercanos terminaban siendo salas de
exhibición alternas pero ilegales. De otra parte, por distintos motivos,
ciertos jóvenes propiciaban el desorden cuando tiraban desde la calle piedras,
bolsas con orines o con agua hacia el interior de la sala. En las afueras de
los cines, además de tertulias antes y después de las películas, ocurría una
oferta gastronómica popular que consistía en mesas de fritangas y se
encontraban patacones, carimañolas, arepas con huevo, empanadas de carne y de
queso, buñuelitos de fríjol, buñuelos de maíz,
pedazos de queso blanco, el pícaro; chicharrones y ciertas vísceras fritas como
la tripita, el bofe, la pajarilla y las morcillas. Otro platillo frecuente eran
diversos pescados fritos y yuca. Estos platillos que eran acompañados por
bebidas como las chichas de maíz, el agua de arroz, la horchata hecha con millo
y la avena. También se ofrecían gaseosas pero, una especial, la “Kola Román” que fue inventada y vendida en la ciudad desde
fines del siglo XIX, lo que la convertía en uno de los primeros comestibles
industriales inscritos en las prácticas culinarias de los sectores populares de
la ciudad.
La comida
descrita arriba, con frecuencia, era consumida al interior de la sala de cine,
mientras pasaba la película: lo que hace suponer en qué consistía el espectro
de olores que allí había, pues, también era frecuente que la gente fumara
durante la función. Hay que destacar que estas salas eran de grandes
dimensiones como para albergar tres mil personas –las más grandes– y unas
quinientas o seiscientas, las más pequeñas; de manera, pues, que se disponía de
espacio amplio para que circularan los vendedores de maní tostado, entre otros pasabocas. Las bancas de madera, parecidas a las dispuestas
en los parques y calles, eran el mobiliario característico de estas salas. La
descripción anterior pretende destacar la sensibilidad colectiva que el
contacto con el cine instaló en la ciudad y donde toda la población estuvo
expuesta y cuyos referentes influyeron en prácticas culturales, como la moda o
los estilos de vida.
No obstante
el contacto cotidiano de los estudiantes con el cine, desde que arribó a
Cartagena, solo hasta 1978, mediante Acuerdo nº 20 del 19 de abril se crea la
Dirección de Bienestar Universitario en la Universidad de Cartagena. En la
nueva dirección se consideraba la administración del factor humano de acuerdo
con procedimientos especializados. De ahí que se organizaron a su interior
diversas secciones, entre ellas el cineclub. No obstante, la historia del
cineclub en la Universidad de Cartagena había comenzado casi 20 años antes. Finalmente,
el 29 de enero de 1986 mediante Acuerdo nº 07 se le otorgó la denominación de
División de Integración Universitaria, nombre que perduró hasta 1994 cuando,
obedeciendo a lo estipulado en la Ley 30 del 92, se cambió a la denominación
actual. Los cineclubes ya existían antes de la aparición de la Dirección de
Bienestar Universitario. Y, antes de estos, los estudiantes estaban formados
como espectadores de cine en el ámbito de la cultura popular.
4. La invención de un gusto
Hacia 1961
dos profesores del área de humanidades, tuvieron la iniciativa de traer ciertas
películas de la ciudad de Barranquilla. Eran celuloides de 16 milímetros en
blanco y negro que contenían cine sueco, francés, belga, alemán e italiano.
Cine europeo que proponía una estética instalada en el contexto de la
posguerra. Neorrealismo italiano, nueva ola francesa y, en suma, los
movimientos vanguardistas más importantes en el cine del viejo continente. Un
cine que por estas tierras no era fácil ver. Las pantallas cartageneras de
inicios de los 60 eran proyectadas con las historias de super
héroes mexicanos como Santo, El Enmascarado de Plata; la comedia de
“Cantinflas”, “Viruta” y “Capulina”; los melodramas musicales; los western
hollywoodenses y comenzaba a despuntar el cine de karatekas hecho en Taiwán.
Los
profesores se orientaron a consumir una oferta cultural fílmica distinta. Un
cine que asumieron como exquisito, frente a la oferta industrial de México y
Estados Unidos. Un cine visto en la universidad con un público dispuesto a considerarse
diferente. En otras palabras, se trataba de un cine para estudiar. En ese
sentido, se cumplía con la condición académica, función esperada en el mundo
institucional, y, de otra parte, se puede apostar por una estrategia para
justificar la entrada del cine al ámbito universitario. Los profesores en
mención eran Roberto Burgos Ojeda, quien acogió el cineclub en la Sección de
Extensión Cultural y el Departamento de Humanidades, y, el doctor Miguel Ghisays. “Era un cineclub unipersonal”, manifestó este
último en entrevista registrada en 2006. Lo anterior da cuenta del escaso
público que tenían, ya que en su mayoría eran estudiantes y académicos ávidos
de contacto con otros referentes culturales. Entre ellos estaban Gastón Lemaitre, Antonio Lafourie y Lázaro
Pérez.
Luego de
esta experiencia, se registran otras iniciativas de estudiantes que organizaron
cineclubes fuera de la universidad hacia mediados de los años 70. “Cine Club
Arte Bolívar” es quizás el caso más significativo a principios de esta década
de los 70. Algunos estudiantes de la época como Rómulo Bustos, Alfonso Múnera, Pedro Maciá, Amaury Arteaga, entre otros, lograron cierto nivel de
organización al arrendar semanalmente teatros para la exhibición de ciclos de
películas ofrecidas al público en general. Al mismo tiempo funcionaba “Nuestro
Cine Club”, dirigido por Luis Fernando Calvo, Marcel Lemaitre
y Enrique Ortiga. Se trataba de un cineclub que contaba con la asidua
asistencia de estudiantes de entonces como Freddy Badrán,
Luis Porras, Emery Barrios, Francisco Díaz, Carmen
Obregón y Arturo Zea, entre otros. En entrevista con el primero de ellos, los
directores de “Nuestro Cine Club” animaron y transfirieron la experiencia a los
jóvenes asistentes, con miras a que los estudiantes instalaran un proyecto
similar en la Universidad de Cartagena. Así fue. Era el año de 1977.
Los
mencionados jóvenes, casi todos oriundos de Magangué-Bolívar,
llevaron y exhibieron ciertas películas de culto en aquella población. Hicieron
cuatro viajes para mostrar “El Graduado”, “Trampa 22”, “Lenny”
y “El Acorazado Potemkin”. Los estudiantes llamaron a
su organización “Comité de Cine”, el cual fue apoyado hacia 1980 por la
Universidad en su recién creada instancia de Bienestar. Lograron tener sede
propia en lo que era es la biblioteca de Ingeniería Civil. La organización
llegó a fortalecerse gracias a contactos con el Festival de Cine de Cartagena,
la Federación Nacional de Cine Clubes, la Lotería de Bolívar, distintas
embajadas europeas y la Alianza Francesa. En virtud de lo anterior, el “Comité
de Cine” se convirtió en una organización capaz de gestionar una oferta
cultural distinta a la comercial en materia fílmica en Cartagena. Más allá del
ámbito académico se logró convocar público de toda la ciudad. Quizás la relación
más significativa por su impacto en la formación del público fue el contacto
con FOCINE, la compañía de fomento cinematográfico del Estado colombiano. Hacia
1986 se logró un taller de iniciación cinematográfica dictado por Carlos Duplat, en materia de guión; Marco González, en el tema de
fotografía cinematográfica y Mario Jiménez, en sonido. Desde entonces, el
“Comité de Cine” se mantiene activo en estrecho vínculo con Bienestar
Universitario desarrollando ciclos de cine y eventos alusivos. En virtud de la
relación con una perspectiva pedagógica que valora lo estético como principal
referente de formación educativa y su tensión con la emergencia del gusto, vale
preguntar ¿A qué iba el estudiante de la Universidad de Cartagena a los
cineclubes?, ¿Qué aprendía? El estudiante iba a inventarse un gusto fílmico más
allá de la oferta cinematográfica comercial.
5. Una comunidad hermenéutica, gente diferente en la Universidad
Las pistas
para rastrear esta invención del gusto fílmico estudiantil universitario, pueden
encontrarse en los recuerdos de los estudiantes de entonces; así mismo, se
pueden verificar documentos referidos a la programación de los ciclos de cine,
notas de prensa y anuncios que publicitaban las películas. Las fuentes
consultadas dan cuenta de un elemento común: el cineclub es un lugar que nació
y se desarrolló en los bordes de la institución universitaria. “Lázaro, tú que
eres un muchacho inquieto ¿para qué haces esa cosa del cine, si nadie va a ver
esas películas?”, comentó el doctor Lázaro María Pérez refiriéndose a una
reflexión que le hiciera el rector de la época, principios de los años 60. Un
comentario que da cuenta de cierto escepticismo de las autoridades
universitarias frente a las ofertas culturales distintas a las académicas. “Una
película que me impactó fue “Ladrón de Bicicletas” de Vittorio de Sica, una película que no la hubiera visto jamás en
Cartagena, ahí entendí lo que significaba el neorrealismo italiano y lo que era
Italia después de la guerra”, afirmó Antonio Lafourie,
estudiante de Economía que participaba en el cineclub que dirigía el doctor
Burgos Ojeda. “Es más, nosotros teníamos un programa de radio todos los días
–dice Lázaro Pérez–, emitíamos una hora diaria y los fines de semana emitíamos
música clásica y ópera. Éramos los únicos que presentábamos ese tipo de
música”. Con lo anterior resulta evidente la acción estudiantil y profesoral
orientada a promover, desde la estética y las ofertas culturales, un gusto que
se inscribiera en otros criterios para comprender lo que significaba la época
que aquellos jóvenes estaban viviendo.
“Nosotros
viajamos a Magangué cuatro veces –comentó Freddy Badrán– y proyectamos las películas que te dije. Hicimos el
esfuerzo con nuestros propios recursos y queríamos presentarle a la gente algo
distinto”. El mencionado esfuerzo se hizo a raíz del vínculo de estos jóvenes a
“Nuestro Cine Club” a fines de los años 70, de ahí que fundaran el “Cine Club
Arte Magangué”. La perspectiva con que los jóvenes
estudiantes concebían el cineclub, era ofertar el cine como un punto
estratégico del desarrollo socioeconómico del territorio. Así se puede
verificar en un comunicado de 1978 impreso en mimeógrafo donde, no solo
anuncian el ciclo de cine, sino que justifican y fundamentan la actividad como
un asunto de reflexión social, más allá de apropiarse de una cultura fílmica.
El comunicado en mención se caracteriza por una frase emblemática: “La cultura
es fuente de desarrollo”.
“A mí lo que
me gustaba era el cine. El cine que viniera de otras partes, el que aquí no se
veía. La Alianza Colombo-Francesa, las distintas embajadas europeas, las
relaciones con otros cineclubes del país, la relación con el Festival de Cine,
lo que se logró con FOCINE en materia de capacitación; todo eso nos ayudó a
tener nuestro “gueto”, nuestro espacio de locos que disfrutábamos, nos divertíamos
y aprendíamos mucho. Conocimos muchas cosas, nos animamos a leer de cine, de
análisis fílmico, de filmografías tanto de Estados Unidos, México,
Latinoamérica y Europa. Nos interesamos por conocer la historia del cine y, en
nuestro caso, nos sirvió para entender el mundo desde otro ángulo, conocer la
sociedad en que vivíamos a través del cine”. Este testimonio corresponde a Emery Barrios, en 2008, integrante del Comité de Cine de la
Universidad de Cartagena, en el que arroja ciertas pistas que dan cuenta de lo
que representaba el cineclub para aquellos jóvenes. Puede pensarse que se
trataba de un lugar de sentido donde se cultivaba el gusto. Se aprendía un
gusto que no era contemplado en la vida curricular de la Universidad de
Cartagena en aquel entonces.
Se puede ver
el cineclub en la Universidad de Cartagena, como un lugar estratégico donde se
dio un ensanchamiento de los modos de sentir y pensar, de una parte; y una
articulación entre lógica e intuición, por otra; pues en la educación se
entrecruzan la comunicación y la participación como un espacio de conversación
entre saberes y narrativas, lo que termina configurando las oralidades, las
literalidades y las visualidades;16 las cuales pueden verse como distintos
aspectos del proceso de apropiación social del conocimiento ¿En qué sentido se
transformó el gusto fílmico y popular de los estudiantes y profesores que, al
mismo tiempo, eran cineclubistas en la Universidad de
Cartagena? La sugerencia apunta a que se convirtieron en una comunidad
hermenéutica, que vivía al borde del sistema universitario y que gravitaba
alrededor de un gusto por cierto tipo de cine, que no era comercializado en
Cartagena. Aplicaremos tres categorías de análisis para pretender fundamentar
la apuesta de esta reflexión, es decir, por el gusto como forma de apropiación
social de la modernidad cultural y del conocimiento entre los estudiantes. Se
trata de tres categorías que se actúan en la vida cotidiana a partir del
consumo de ciertos productos culturales dados tanto en la escuela como en los
medios de comunicación. La oralidad vista como el hablar,17
es decir, como un estilo y ciertos modos de expresarse; la literalidad vista
como el contar18 y la visualidad entendida como el
mostrar.19
Tres referentes que sirven para desentrañar los lugares de sentido que
construyen las personas.
En cuanto a
la oralidad, vista como una actuación donde la identidad se habla, puede
apostarse por la adopción de un repertorio de términos propios del cine y el cineclubismo en la conversación cotidiana de la
universidad. Y más allá, la oralidad implicaba a los cineclubistas
en una comunidad hermenéutica que pensaba su contexto social y de época gracias
a las pistas narrativas que ofrecía el cine, los argumentos encontrados en las
publicaciones especializadas, en los libros leídos, en las conversaciones sostenidas
con los expertos, en las asistencias a convenciones, festivales o muestras.
Las
literalidades suponen su puesta en escena en la vida cotidiana, en virtud de
las estructuras con que comunica el cine. Formas narrativas que afectaron las
composiciones de pensamiento de los estudiantes, facilitando la elaboración de
ciertas visiones de mundo dadas en y desde la Universidad de Cartagena. No se
trataba de pensar –por ejemplo– como los realizadores de la Nueva Ola Francesa,
pero, conocerlos y comprenderlos daba la oportunidad de desmitificar lo joven
(pues, se trató de un cine hecho por jóvenes, visto por jóvenes) y contar y ver
ciertos tópicos del mundo de una manera desacartonada.
La política, el desempleo, el sexo, la delincuencia, la huida, el amor, las
generaciones y sus conflictos entre muchos otros temas que acercaban el mundo a
los estudiantes. Para el cineclubista se trataba de
conocer el mundo y para eso debía inventarse un gusto que se apropiaba de los
códigos narrativos y sociales del cine.
La
visualidad entendida como mimesis (el mostrar) está instalada en la moda de ser
cineclubista, lo que supone una cierta manera de
llevar el cabello, de vestirse, de caminar, de hablar, de enamorar, una cierta
manera de pararse en la esquina a esperar. La visualidad de ser cineclubista la podemos verificar en fotos de la época: los
cineclubistas vestían jeans, camisas manga corta con
el pecho semidescubierto, el cabello largo, algunos
llevaban una barba muy crecida. Pero, más allá, la visualidad refleja el mostrarse
como cineclubista ante los demás y distinguirse
frente al contexto universitario de la época.
“Un día
logramos un intercambio con un cineclub de Bucaramanga. Conseguimos una
película que venía de la China y la proyectamos en el Teatro Bucanero. Cuando
vimos la película resulta que no traía subtítulos y todo el mundo se salió.
Hasta nosotros. Nada más se quedó uno. ¿Adivina quien?
Pues, Flavio Meneses. Nos quedamos en la puerta de entrada del teatro y cuando
terminó la película, Flavio dijo que la había entendido, que le pareció buena,
muy poética”, dijo entre risas Freddy Badrán, en una
conversación. “Nosotros éramos cineclubistas, pero no
era para tanto”, añadió.
Antes de
postular alguna conclusión vale la pena hacer una última propuesta respecto a
los períodos de los cineclubes en la Universidad de Cartagena. A mediados de
los años 70 y hasta mediados de los años 90 del siglo pasado, puede apostarse
por un cineclub de cierta conciencia política, deliberativo, comprometido con
las causas intelectuales de izquierda y ávido de seguir la pista al proceso de
la modernidad en América Latina. Una modernidad fallida, incompleta o
postergada y donde el cine se constituyó en arma artística e intelectual de los
conflictos que se suscitaron, en especial, durante el mundo bipolar. En los
cineclubes se tenía claro desde dónde se hacía el cine que se exhibía en las
pantallas, lo que permitía una formación de criterios en medio de la tensión
que suponía la relación centro-periferia. Era patente un proceso de apropiación
social del debate de la modernidad por parte de la comunidad académica, a
través del cine.
Desde
mediados de los años 90 hacia nuestros días, al final de la primera década del
siglo XXI, encontramos la desaparición del mundo bipolar, el advenimiento
vertiginoso de las telecomunicaciones, la aparición de las redes sociales, del
individualismo, las catástrofes naturales, la desregularización financiera
global y sus efectos en la sociedad, la pérdida paulatina y casi imperceptible
de derechos adquiridos, la disolución progresiva del tejido social, el
terrorismo, el nuevo orden mundial entre otros aspectos que cabalgan en un
devenir lleno de incertidumbre. Ante el panorama señalado vemos que cambió el
acto de ver cine y su sentido, como se veía en los cineclubes de antaño. La
experiencia de ver cine ha perdido su sentido colectivo y barrial, para
constituirse en un ejercicio socialmente silencioso y que depende de la
publicidad y la moda de las películas, sin foros, sin debate. De ahí que el
papel del cine sea tan estratégico en el marco de la institución universitaria,
mucho más allá del ámbito del Bienestar Universitario y que debe trascender en
la vida curricular universitaria, buen ejemplo de ello, es el “Cine Club La
Facultad”, al que nos referiremos más adelante.
Hoy por hoy,
los cineclubes en la Universidad de Cartagena están llamados a congregar
estudiantes y profesores alrededor de temas socialmente olvidados y silenciados
y que, a través del cine, se pueden conocer y debatir con cierta solvencia y profundidad,
pues, este arte todavía exige a sus receptores cierto reposo a la hora de ver,
pensar y reflexionar una película. Es un asunto de conceptualizar, enfocar los
temas y seleccionar el repertorio fílmico que permita su discusión.
José
Vasconcelos, los muralistas y los cineastas mexicanos, en su época de oro se
establecieron en una relación donde la dimensión estética fue postulada como
referente epistemológico para fundamentar la identidad
latinoamericana. Dicha relación fue acogida en Colombia por Luis López de Mesa,
siendo Ministro de Educación hacia 1935 y adoptó el cine como recurso educativo.20
Pero, más allá de la implementación de un medio de comunicación para educar a
las masas, el cine en el ámbito educativo es susceptible de movilizar a los
sujetos hacia la formación de una estética de la recepción; es decir,
posibilita la organización de comunidades hermenéuticas, de invención del gusto.21
Un buen ejemplo de ello es el “Cine Club La Facultad”, el cual, es dirigido por
el médico Haroldo Estrada, quien usa el cine como herramienta didáctica ya que
facilita articular diversos temas complejos, a través de la organización de un
relato. De manera deliberada sus participantes ostentan la doble calidad de cineclubistas y estudiantes de Medicina, lo que da cuenta
de la multiplicidad de dimensiones en que se da la apropiación social de los
temas y poniendo a interactuar los saberes de la matriz institucional y la
matriz simbólica y cultural. Tal es la apuesta sobre los cineclubes en la
Universidad de Cartagena.
Conclusiones
El uso
educativo y cultural del cine en el marco institucional de la Universidad de
Cartagena es un proceso que privilegia la perspectiva cultural, sobre la
educativa; lo cual está dado en virtud de los intereses de los actores
universitarios a lo largo de su historia. En otros términos, el cine en la
universidad se ha visto con cierta desconfianza y desligado de la relación
docencia-aprendizaje, o la investigación. La experiencia didáctica de Haroldo
Estrada López, no solo constituye el poder del cine como mediador cognitivo,
sino que implica a la docencia como un ejercicio de diseño de estrategias de
aprendizaje; lo que, a su vez, tiende a mover de su zona de comodidad a la
práctica docente, la cual, está instalada en la pedagogía tradicional. En la
actualidad, hay más cineclubes que en cualquier época en la Universidad, sin
embargo, no es claro el lugar preponderante que debe tener la cultura
cinematográfica en sus enfoques, su planeación, sus actividades y debates.
Cultura cinematográfica entendida como pensamiento complejo que tiene en cuenta
la teoría, la historia, la crítica y el análisis de un lenguaje que ha estado
en el centro de los grandes debates de las ciencias sociales y humanas del
siglo XX. Esta situación se antoja sintomática de la crisis de la educación en
la región y en el país, en razón del desinterés aparente por debatir y
comprender lo que pasa en el mundo y lo que ello significa; lo que pone en
evidencia, también, nuestra cada vez más precaria relación con la adquisición
del conocimiento, pues, ya no se quiere leer y, al parecer, también hay escaso
interés por el cine, más allá del entretenimiento. La cultura, la educación y
la apropiación social del conocimiento, requieren esfuerzos y sacrificios para
participar de procesos que requieren mucho tiempo para profundizar en ellos,
muy al contrario, de los tiempos frenéticos, convulsionados y superficiales que
corren hoy.
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Para citar este
artículo: Chica Geliz, Ricardo. “Cineclubes en la
Universidad de Cartagena: una relación histórica y sociocultural”, Historia
Caribe Vol. IX No. 24 (Enero-Junio 2014): 199-232.
1 Bernardo Restrepo, Investigación en educación. (Bogotá,
ICFES, 1996). Philippe Meirieu;
Michael. Emilio Develay, Vuelve pronto… ¡Se han
vuelto locos! Nueva Biblioteca Pedagógica. (RUDECOLOMBIA. Doctorado en
Educación, Cali, 2003). Ricardo Chica; Olga Acuña, “Cinema
Reporter y la reconfiguración de la cultura popular
en Cartagena de Indias 1936-1957”, Revista Historia y Memoria nº 3, (Tunja,
2011).
2 John B. Thompson, Los media y la modernidad. (Paidós, Barcelona, 1997).
3 Jesús Martín-Barbero, “Cultura Popular” en Términos
críticos de sociología. (Paidós, Buenos Aires, 2002).
4 Luisa Fernanda Acuña, “La emergencia de los medios masivos
de comunicación” en Introducción a la mesa de ponencias en la VII Cátedra anual
de Historia dedicada a Medios y Nación. (Aguilar Editores, 2003, Bogotá).
5 Ricardo Chica, “Cine, cultura popular y educación en
Cartagena 1936-1957”. (Tesis doctoral en Ciencias de la Educación en
Universidad de Cartagena – Rudecolombia, Cartagena,
2012).
6 Lauro Zavala, Teoría y práctica del análisis
cinematográfico. La seducción luminosa. (Editorial Trillas. México D.F., 2010).
7 Ricardo Chica, Cine, cultura popular y educación en
Cartagena…, 103-104.
8 Juan Zapata Olivella, El
Universal, Cartagena, 27 de Junio de 1952, 4.
9 Juan Zapata Olivella, El
Universal, Cartagena, 12 de marzo de 1955, 4.
10 Gerald Martin, Gabriel García Márquez: Una Vida. (Editorial
Debate, Barcelona, 2009), 157-158.
11 Víctor Nieto, Victor Nieto, hombre
de cine. Semblanzas y artículos. (Editores Festival Internacional de Cine de
Cartagena. Cartagena, 1995).
12 Gabriel García, El Universal, Cartagena, Julio 27 de 1948, 4.
13 Jaime Castrejón, Capítulo 4,
“Aspectos históricos de la universidad” en El concepto de universidad.
(Editorial Trillas, Bogotá, 1990).
14 Renán Silva, República Liberal,
intelectuales y cultura popular. (La carreta histórica, Medellín, 2005).
15 Rafael Ballestas, Cartagena de Indias. Relatos de la vida
cotidiana y otras historias. (Segunda Edición. Universidad Libre. Cartagena,
2008).
16 Jesús Martín-Barbero, La Educación desde la Comunicación.
(Editorial Norma, Bogotá, 2004).
17 Michel De Certeau, La invención de
lo cotidiano. (Tomo I. Editorial Universidad Iberoamericana. México D.F.,
1987).
18 David Bordwell, La narración en el
cine de ficción. (Paidós, Barcelona, 1995).
19 Jesús Martín-Barbero La Educación…
20 Aline Helg,
La educación en Colombia, 1918-1957. (Universidad Pedagógica Nacional. Bogotá,
1987).
21 Vale la pena tener en cuenta el siguiente concepto de gusto,
para dar evidencia de la ambigüedad del fenómeno, pues, se trata de un
referente de identidad y distinción al mismo tiempo, lo que implicaría a los cineclubistas de la Universidad de Cartagena como público y
como estudiantes de manera simultánea o, en otras palabras, como un público
especializado. “… El gusto evidenciaría la posesión de una serie articulada de
indicadores sociales, reveladores de un modo peculiar de posicionarse en la
sociedad y que, por ende, insta a sus portadores a que actúen guiados por
representaciones señalizadoras de una identidad
individual y colectiva que se manifiesta en el plano personal y en de los
grupos de referencia. Dicho en términos pedestres, el gusto tiene que ver con
las preferencias de una determinada categoría social en los diferentes dominios
del consumo y de la expresión simbólica: habitación y decoración; vestuario,
comidas, deportes y ocio, actividades culturales, etcétera. Los patrones de
gusto característicos de un sector social vinculados a un cierto estilo de
vida, entendido como un conjunto articulado de maneras de ser y de comportarse,
lo cual implica un patrón recurrente de gastos y un nivel correspondiente de
ingresos, con acceso garantizado a ciertos espacios y ocasiones exclusivas de
sociabilidad –clubes, asociaciones, espectáculos, recepciones–, etcétera. Esto
da lugar a un cierto registro diferenciado que se manifiesta, sutilmente, por
indicios compartidos de inmediato por los demás miembros del grupo, quienes son
a su vez inmediatamente rechazados por los integrantes de grupos situados en
posiciones superiores o inferiores en la jerarquía de una determinada formación
social. En medio de esas múltiples ocasiones interactivas, el gusto se va
metamorfoseando en proyecciones antagónicas de identidad, o bien va siendo
apreciado y valorizado por ‘iguales’ como síntoma de equilibrio, ingenio y arte
–el llamado ‘buen gusto’, el propio ‘ser’ o ‘escencia’
de una determinada forma de existencia social–, o rebajado y despreciado por
los outsiders como pretencioso, ordinario, emergente o reducido por
calificativos que buscan asociar el llamado ‘mal gusto’ con portadores
ejemplares de una pretensión social denunciada como arribista, exagerada,
carente de tradición o de privilegios de antigua ciudadanía en el dominio de
las luchas sociales por la conquista del estatus”. Tomado de Miceli, Sergio. “Gusto” en Términos críticos de sociología
de la cultura. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2002,
112-113.